Extracto del libro: Un jardín, es sólo un “hasta cuando”.

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“Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.” Jorge Luis Borges

 

“La vida es dura, pero es más dura cuando eres estúpido.” John Wayne “

 

No hay cosa tan refractaria a la compasión como el ver a un desgraciado a quien la adversidad no ha podido mejorar en algo y que no ha aprendido nada de las lecciones del infortunio, maestro supremo de la vida.” Giacomo Leopardi

 

“El sueño americano ha muerto.” Donald J. Trump

En este mundo material existe un sólo orden, del que la naturaleza es su expresión máxima. Tal vez por ello la metáfora de la selva y el jardín, me resulta tan sugerente, a la hora de tratar de enmarcar los tiempos actuales y los juegos de fuerzas que interactúan en ellos. Fue el gran historiador Arnold J. Toynbee, el primero en Occidente que habló de la interacción de las fuerzas opuestas y complementarias, del Yin y del Yang en la historia. Sin semejante dialéctica es del todo imposible asomarnos al contradictorio escenario de la post modernidad, sin caer en cualquiera de sus extremos o en eslóganes facilones. Occidente es un jardín, con el césped bien cortadito, sus flores aquí, su rocalla por acullá, donde a pesar de las muchas quejas de sus consentidos y muy ignorantes habitantes, se vive como en ningún lugar del planeta.

Pero mantener un jardín tiene un alto coste, porque enmendarle la plana a la señora naturaleza, lleva mucho trabajo y desde luego no se hace de un día para otro, ni así como así. Hace falta diligencia, trabajo y mucha cabeza.

Un jardín tiene que ser cuidado día a día, porque en cuanto la manutención para, la naturaleza, que al contrario que nosotros jardineros actúa sin esfuerzo, tomará el mando de la situación para recomponer su propio orden, ese que surge permanentemente del Caos.

La verdad es que cada jardín es sólo una propuesta, un sueño en mitad de la floresta y que las leyes de ésta, por más que las reacomodemos con nuestro empeño, no dejan nunca de actuar, incluso en nuestros pequeños vericuetos.

Por ello empeñarse en ignorar las grandes fuerzas que actúan y condicionan nuestro medio, es solo una expresión de la arrogancia, esa enfermedad, que como decía Osawa, es la única para la cual, no existe cura.

La globalización es solo un fenómeno mas, absolutamente coherente, dentro del momento en el que la dominante de la energía fuego alcanza su culmen. Las barreras tienden a romperse en función de la sociedad de consumo, que en su busca de nuevos mercados, “decide” que ha llegado el momento de abrir la espita que separa el jardín de la selva.

El fenómeno es coincidente con la caída del muro de Berlín, y con el nuevo orden, dos sistemas un país, con el que Deng Xiaoping abre una puerta al callejón sin salida del comunismo en su país.

El capitalismo se quedó sin contraparte y como uno solo puede justificarse y crecerse ante un enemigo, alcanzó su máxima expresión culminando en un bello canto del cisne, que intenso como fue, duró mas bien poco.

El capitalismo fundamentado en esa entelequia que es el dinero, ya venía a la pata coja desde que Nixon, en un alarde de soberbia, decidió acabar con el patrón oro como referencia. La referencia era y sería exclusivamente virtual, la confianza en el “dólar”, eso que nadie sabe lo que es, mas allá de una entelequia. El dinero no deja de ser papel pintado; al menos antes uno iba a los bancos centrales y podían teóricamente cambiarle ese papel, por una cierta cantidad de oro.

Ya no había necesidad de ajustarse a medida alguna, estábamos arribando a eso que hoy es tan normal y moderno, al mundo virtual. Entretanto abiertas las compuertas, los vasos comunicantes comenzaron a actuar y allí donde había mucho, empezó necesariamente a haber menos, y donde casi no había, empezó a haber.

La deslocalización de empresas en busca de mano de obra barata, empujada por las caídas de aranceles, animaron al mundo a algunos absurdos económicos, como que un coche producido en la otra punta del mundo, cuyo coste energético de producción y llevada hasta su punto de uso era descomunal, resultaba sin embargo “un buen negocio”.

Las clases medias, el gran logro de Occidente y el llamado estado del “bien-estar” (¡Que no del bien hacer, como el de nuestros abuelos!) tenían sus días contados. Solo faltaba el colapso financiero, fruto de las muchas tropelías que el ser humano es capaz de hacer de motu propio, y especialmente cuando no le pone puertas al campo y se estimula la barra libre de la virtualidad (bonos basura… ¿Cuáles no lo son?) que definitivamente hicieron el resto.

El estado del “bien-estar”… ¡Llevo más de 30 años tratando de decir que el rey está desnudo! Para ello he tratado de ser autónomo de verdad en cuestiones de salud, y mientras pude, incluso eludí el ser fichado en esa estafa piramidal de las pensiones. Entiendo las ventajas del sistema, pero hay que ser ciego para no comprender que a la postre, alguien tiene que pagar esa insostenible factura. Se lo conté entonces a todo el que quiso escucharme, lo cuento ahora y aún no quieren creerme… ¡Que de donde no hay no se saca!

Un sistema basado en el infinito crecimiento, es una fantasía entrópica y pronto alguien tendrá que ponerle el cascabel a ese gato. Lo malo de los sistemas democráticos representativos, es que nadie votará a quien le cuente las malas noticias, y así vamos legislatura tras legislatura, viendo como los gobiernos de Occidente, se ponen de perfil y se enrocan ante este trascendental asunto.

Europa es, y cada día lo será más, un pequeño parque temático, donde las fortunas se refugian, porque existe un orden. Es un bonito jardín que depende de ello, de su artificioso existir. Si el orden desaparece con la caída del estado del bien-estar, veremos que hacen los dineros y quien compra esa cosa que es la “deuda soberana”, otro artificio para justificar un intercambio que no se distancia mucho de la figura de toda la vida del prestamista. América, como decía Toynbee, es un gran perro en una casa pequeña, y cada vez que mueve el rabo, tumba una silla. El perro de este ahora es rubio e impredecible, pero no se engañen, él no es sino otro títere en manos de la historia, que pretende desandar lo andado, en vez de mirar adelante. Encumbrado por los restos del naufragio de la clase “demediada” él y sus adláteres del otro bando, los populistas de comuna, buscan soluciones fáciles a problemas difíciles.

Ambos son el Yin y el Yang del sarampión de la globalización; para que pasen habrá que guardar cama y sudar. La cuerda se está estirando y en algún momento o se rompe, o las fuerzas que tiran de ella dejan de hacerlo. Pero los ejecutores de dichas tensiones no son fuerzas humanas ni conscientes, sino que actúan al mor de titánicos reflejos, sombras de árboles que se plantaron ya hace mucho tiempo y que son eternas.

Los ajustes continuarán, algunos serán traumáticos, si, pero a toda fuerza responde una igual y contraria. Midiéndose como titanes, veremos mucha sangre correr, dolorosos despertares de sueños incumplidos, rebeliones fruto de la ira contenida, ajustes descomunales, fruto de la aún ciclópea distancia evolutiva entre pueblos y sociedades.

Yo, como no me creí nunca el timo de la estampita piramidal, estoy listo y mentalmente preparado para trabajar hasta que me muera, así que pierdan toda esperanza, de una u otra forma, aquí me tendrán dando la lata. El mundo no para de dar vueltas, pero aquí desde este pequeño rincón del planeta donde impera la ley del jardín, consciente de estar en la selva, seguiré regando mis rosas, llenas de espinas, si, pero hermosas… y al que no le gusten, ¡Que no las lea!. ¡Que bonito es pensar y poder decir las cosas sin estar hipotecado en ideologías! Pero amigos… ¡Agárrense! ¡Que vienen curvas!

Extracto del libro homónimo de Alfredo Tucci: Un jardín, es sólo un “hasta cuando”.
Este texto nos lo ha cedido gratuitamente para el lanzamiento de la revista.
¡Gracias Alfredo!

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