Pandemia y fin de la globalización

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EL FIN DE LA GLOBALIZACIÓN

Si hay algún concepto que ha dado para crear ingentes cantidades de contenido ese es el de globalización.

Durante décadas hemos convivido con la transversalidad del concepto globalizador como base para explicar la evolución de las economías nacionales, comportamientos sociales, desarrollo industrial o comercio internacional.

Y hoy, la globalización vuelve a estar en boga, pero en este caso es para rebatir su persistencia en el tiempo tras la influencia del coronavirus de forma súbita y generalizada.

Muchas son las voces que hablan sobre si tras la pandemia causada por la Covid 19 el fin de la globalización ha llegado, o si simplemente no es cuestión de fecha de caducidad de un proceso tan relevante como es el globalizador, sino que es el comienzo de una nueva fase en la evolución de dicho proceso en el cual las reglas cambian y en el cual el tablero de juego ahora está boca abajo.

TRES GRANDES HECHOS HISTÓRICOS QUE MARCARÁN UN CAMBIO DE CICLO

La historia de la humanidad se cuenta siempre a base de grandes efemérides.

El día a día es lo que marca la evolución de los tiempos, pero los grandes hechos son los que señalan puntos de inflexión en el devenir de la historia, y en el caso actual, tenemos tres que van a marcar a las sociedades futuras:

  • Fronteras y seguridad internacional: los atentados del 9/11 supusieron un cambio en el paradigma de la seguridad internacional en múltiples ámbitos. A partir de entonces, la gestión de datos y el control de fronteras cambió radicalmente.
  • Descalabro financiero mundial: la gran recesión de 2008 iniciada oficialmente con la caída de Lehman Brothers supuso un shock económico mundial tras descubrir las vergüenzas de un sistema financiero global tremendamente especulativo y cuyo equilibrio pende de contrapesos sumamente débiles.
  • Colapso sanitario/institucional: una pandemia a nivel mundial que ha cogido a contrapié a todos los gobiernos del planeta y que ha sometido a las poblaciones a una tensión enorme. El concepto de la libertad individual y el control estatal va a ser otro totalmente distinto una vez que superemos esta situación, a pesar de que uno de los problemas más graves que han tenido y tienen los diferentes gobiernos está relacionado con la gestión de sus recursos sanitarios institucionales.

Y es la evolución de dichos procesos lo que ha llevado a que se plantee un nuevo escenario geopolítico internacional en el que el multilateralismo conocido es uno de los grandes damnificados.

FIN DEL MULTILATERALISMO

Bretton Woods queda ya muy lejos para muchos dirigentes.

El multilateralismo está de capa caída y los movimientos proteccionistas están a la orden del día a lo largo y ancho del planeta, copando a su vez sus más altos niveles de representación institucional partidos políticos populistas con recetas contra la pandemia que están demostrando ser capaces de ser más perjudiciales que beneficiosas. Por ejemplo, en EEUU Donald Trump ha pasado del negacionismo inicial a una reacción tardía, o el Reino Unido, donde Boris Johnson pasó por anteponer los intereses económicos apoyado en la idea de la inmunidad de grupo al posible exceso de celo protector con su población.

La evolución y las sinergias de los tres grandes hitos mencionados anteriormente han dado pie al auge de un populismo principalmente desglobalizador, elevándolo a cotas altas de representación institucional a través de diferentes partidos, los cuales han encontrado un nicho político prolífico en la discriminación y la narrativa nacional, y que justamente progresa en dirección contraria a la necesaria cooperación internacional esencial en estos tiempos.

Al final, cuando nos encontremos en una fase más avanzada de desarrollo de la pandemia en la que el final esté más cerca, la nueva globalización requerirá de formas y modos diferentes en la que la gobernanza multinivel o inductiva ofrezca soluciones a los conflictos nacionales que hoy están bastante implantados y que requieren una mejor combinación con los intereses globales.

GOBERNANZA MULTINIVEL / GOBERNANZA INDUCTIVA

Según recoge Andrés Ortega en el blog del Real Instituto Elcano, la Cumbre del Clima de París (COP21) ha producido un tipo nuevo de gobernanza, tanto en el camino diplomático hacia el acuerdo como en su previsible aplicación. De abajo a arriba, no sólo en la negociación, sino en la aplicación. (Ortega, 2015)

A diferencia de la gobernanza tradicional, la gobernanza inductiva implica una forma ascendente de organizar la acción colectiva para abordar los problemas mundiales en la que se involucran diferentes organizaciones de la sociedad civil, expertos y gobiernos locales.

Y es ahora, justo ahora cuando se ha puesto de nuevo en juego la importancia del papel del Estado, cuando el papel del multilateralismo a través de instituciones como la OMS, el FMI o el BM deben tomar más protagonismo, acompañado de una gobernanza multinivel en la que estas trabajen de forma conjunta con empresas y organismos locales, ya que la recuperación solo vendrá de la mano de una comunidad global fuerte que esté preparada para posibles conflictos internacionales que requieran una respuesta conjunta en tiempo y modo.

Por ejemplo, uno de los puntos clave en la actualidad es el de garantizar suministros sanitarios adecuados para que no suceda como en los comienzos de esta crisis en la que muchos sanitarios afrontaron el tratamiento a enfermos sin equipos de protección adecuados, bien por la falta de colaboración internacional, bien por la excesiva dependencia industrial de occidente hacia China como dijo el ministro de finanzas francés Bruno Le Maire.

En los próximos meses veremos cómo actúan los diferentes gobiernos y veremos si acciones como las del gobierno de EEUU acaparando una futurible vacuna a Pfizer y BioNtech van a ser la norma o simplemente una raya en el agua.

RESHORING O LA RECONCEPTUALIZACIÓN DEL MADE IN CHINA

La pandemia ha puesto de manifiesto nuestra dependencia mutua, el grado de interdependencia al que habíamos llegado y la posibilidad de que haya llegado el momento en el que determinadas multinacionales se deban plantear repatriar parte de su producción (reshoring).

La situación que ha generado esta pandemia a nivel mundial sobre la oferta (de producción) y sobre la demanda (de consumo) puede derivar en una crisis financiera importante en tiempos en los que los gobiernos del mundo tienen cada vez menos instrumentos para luchar contra sus efectos y sus efectos van a ser, a corto y a medio plazo, bastante costosos.

Esto puede desembocar en que exista una mayor nacionalización en determinados sectores que se vean especialmente implicados en esta crisis y que puedan ser de un interés estratégico para los gobiernos nacionales. Por ejemplo, el caso de la nueva Alitalia (TAI), en la que el porcentaje mayoritario del accionariado pasa a ser parte del Estado a través de Ferrovie dello Stato y el Ministerio de Economía Italiano, apoyado en un diez por ciento por la norteamericana Delta.

Y de forma complementaria o añadida a la nacionalización, también es posible que veamos un repunte en la regionalización de la producción que pueda lidiar con la dependencia industrial asiática del mundo entero, por ejemplo, con el material sanitario y las medicinas. El ministro checo titular de la cartera de Sanidad hizo alusión a este hecho afirmando que los europeos dependen en exceso de esos países, ya que una tercera parte de sus medicinas procede de dichos mercados, por lo que la implantación de una industria europea o nacional evitaría colapsos en los suministros como los que hemos vivido unos meses atrás.

MÁS QUE FINAL, COMIENZO DE LA FRAGMENTACIÓN DE LA GLOBALIZACIÓN

A modo de conclusión, lo que parece evidente es que la pandemia dejará clara la desigualdad global: la volatilidad de los precios de los productos básicos, el aumento del proteccionismo, la inestabilidad política y la brecha digital van a jugar en contra de la población más vulnerable.

La actuación global y el multilateralismo deberían ser fuertes apoyos en el proceso de mejora de la situación más que gigantes con pies de barro, porque si hay algo que se antoja esencial en el futuro va a ser la gestión global de la deuda.

Como se indica desde el FMI, será imprescindible el fortalecimiento de las instituciones financieras globales, asegurando que los países en desarrollo puedan financiar necesidades críticas de gasto y hacer frente a los problemas de sostenibilidad de la deuda y fortaleciendo la red de seguridad financiera mundial.

Por lo tanto, la globalización ahora viene con nuevas reglas y es muy probable que aumente la pobreza y la desigualdad, exponiendo aún más las deficiencias de los sistemas de salud, la precariedad del trabajo y las ya complicadas perspectivas laborales de los jóvenes de países como Grecia o España, en los que la tasa de desempleo se eleva a porcentajes insanos.

Al igual que para anteriores estudios de política comparada el consumo de luz se consideraba como indicador del nivel de progreso, en el futuro la digitalización se va a plantear como el principal señalador que marque las diferencias entre países pobres y ricos.

En esta tecnocracia global, casi todo el mundo tiene acceso a un dispositivo digital personal. En el tercer mundo no. Se crearán dos velocidades en todo y al igual que la desigualdad mundial aumentó notablemente con la revolución industrial británica porque solamente algunas partes del mundo adoptaron las innovaciones y las nuevas tecnologías que desarrollaron hombres como Arkwright y Watt, y otros muchos posteriormente (Acemoglu y Robinson, 2012), tras la pandemia la digitalización será la brecha que separe a unos y a otros.

Entre las posibles soluciones, ayudar a los trabajadores más afectados mediante redes de protección social y seguros sociales para amortiguar las súbitas pérdidas de empleo e ingresos.

A su vez, para reducir la desigualdad y ofrecer a las personas mejores perspectivas, los gobiernos deberán implementar mejores drásticas en la educación y la capacitación de las nuevas generaciones para preparar mejor a los trabajadores para los empleos del futuro y, al mismo tiempo, se realizará un esfuerzo por invertir en infraestructuras digitales para lograr así rebajar la brecha digital.

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