El ocaso protestante frente al clientelismo político

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Es conocido popularmente que la primera democracia de la historia surgió de Grecia, la terminología de esta forma de gobierno en su sentido etimológico significa demo “pueblo” y kratia “poder”, que nos hacen entender correctamente este término.

Esta democracia ateniense que duró del siglo V al siglo IV a .C, curiosamente no llegó a arraigarse en el mundo, pero la pregunta es: ¿por qué sucedió esto?

La primera de las causas fue la ceguera popular causada por la ignorancia. La segunda fue que a esta ignorancia se le sumaba la facilidad de manipulación de las masas en el uso de los deseos del propio pueblo como arma de doble filo contra sí mismos y así doblegarlos a voluntad. Este pueblo, incapaz de controlar sus concupiscencias era arrastrado por estas corrientes como si se tratara de una pulsión sexual. No se buscaba el lograr el bien común, sino arrastrar a las masas, aprovechar la cólera, el odio y la demagogia para lograr el fin de los más hábiles, de los más instruidos e intelectuales. Calumniaban constantemente uno al otro bando y solo bastaba con sustituir la verdad por la adulación, las promesas de gobierno y sus competencias por la mentira y el populismo.

Después de esto, Roma a pesar de envidiar a la brillante Grecia, nunca trató de asemejarse en nada a ella. Imperaban el culto al emperador, el politeísmo y la superstición en todas sus vertientes. Tras esta era despótica del siglo primero comenzó la era del cristianismo primitivo para finalmente terminar en Constantino el Grande, quien abandonó las persecuciones a los cristianos cambiando la estrategia de sus predecesores, ya que la multiplicación de las conversiones era más exponencial que las muertes y no se logró el resultado deseado.

No fue sino hasta el año 313 a. C, en el Edicto de Milán que se dejaron atrás estas persecuciones, se dejó de quemar en la hoguera o usar a esta comunidad como lumbres en las ciudades, asesinarlos en los circos romanos a modo de diversión para el populacho y de perseguirles indiscriminadamente. Esta vez la estrategia del emperador fue: “Si no puedes con el enemigo únete a él”. Aquí nace la Iglesia cristiana constantinista, una mezcla sincrética de filosofía griega, derecho romano, espiritualidad pagana y doctrina cristiana.

Esta maquinaria piramidal fue construyéndose gradualmente hasta dar paso al Antiguo Régimen, comenzando así con la Edad de la Penumbra. Tras más de mil años de este acontecimiento, entre el siglo XIV y el XVI, John Wycliff y Juan Hus pusieron las bases de lo que sería la ruptura de esta tenue penumbra. John Hus, un hereje, reformador, símbolo nacional y mártir, vaticinó de alguna manera el fin de este modelo de gobierno medieval antes de ser condenado a morir en la hoguera.

Un siglo después de Hus, apareció en escena un profesor universitario llamado Martín Lutero, que tras el acontecimiento de Worms (Alemania) influenció a sus subsiguientes Juan Calvino, Zwinglio, Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera, William Tyndale o Erasmo de Rotterdam entre otros, que lograron finalmente que este cisma se materializara. El pensamiento global de esta reforma se resumía primordialmente en: “Todo cristiano tiene que tener acceso a las Escrituras en su propia lengua para que las pueda entender”.

Por otro lado, Juan Calvino apeló a esta misma visión frente al Cardenal Sadoleto en defensa de la libertad y la fe, consolidando la doctrina protestante en su carta de respuesta Carta al Cardenal Sadoleto y posterior exégesis bíblica en Los cinco puntos del calvinismo.

Así nació la defensa protestante que sus ulteriores no tardaron en asentarla sobre la base de las fuentes históricas cristianas más antiguas, llamándola así “La Reforma”, por su vuelta a la forma inicial cristiana primitiva.

Todo esta combinación de doctrinas e ideas fue impulsada por la imprenta de Gutenberg, que promoviendo toda esta literatura, la hizo llegar a multitud de lugares, desarraigando progresivamente del pueblo las antiguas creencias y haciendo salir al mundo de aquella forma de totalitarismo de gobernanza medieval, trayendo por primera la Biblia en lenguaje común, convirtiéndose así en el fin de la Edad de la Penumbra y dando paso al Renacimiento.

Después de esto, estalló la guerra de los 30 años con su consiguiente Paz de Westfalia y los viajes al nuevo mundo tuvieron lugar, viajes como el del famoso Mayflower en 1620, entre otros más realizados por los norteños europeos y otros por el sur.

Entonces aconteció algo histórico, la primera democracia auténtica desde la antigua Grecia estaba empezando a aflorar en el mundo. Unos puritanos con un pensamiento y una visión distinta del mundo y la vida que se tenía en Europa. Una que en contraposición con el anglicanismo protestante que se había vendido a la arbitrariedad monárquica inglesa, predicaba unos valores y una visión distinta.

Esta forma de Estado entró directamente en la misma lucha mundial que se estaba librando en la Europa de aquel tiempo en contra del antiguo orden establecido. Finalmente todo esto fue el escenario perfecto para dar lugar a la creación de la llamada Declaración de Independencia de los EEUU. El 4 de Julio de 1776 se disolvieron los nexos políticos que unían al pueblo norteamericano con Gran Bretaña y nació así una nación nueva, libre e independiente y se realizó esta proclamación americana de elegir su propio régimen político.

Hemos de hacer un paréntesis y remarcar que, a pesar de lo que se ha dado por hecho repetidamente hasta la saciedad, la revolución americana, aunque adoptó tintes revolucionarios semejantes a los acaecidos en Francia, en poco se parecía a esos postulados ilustrados, ya que la Ilustración no sostuvo una conclusión democrática libre, sino despótica y oligárquica cuyo fin derivó en la tiranía Napoleónica.

Su meta fue siempre que el absolutismo se “ilustrara”. Y el lema que se propugnó fue: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Por ello, ambas cosmovisiones estaban persiguiendo distintas metas, tenían distintos ideales y tuvieron finalmente distinta conclusión. La libertad de conciencia, la búsqueda del ideal de pureza, ciertos derechos inalienables entre los que están la vida, la libertad intelectual, la libertad de pensamiento, ideológica o de creencia, la búsqueda de la felicidad y la sustitución de un gobierno por otro mediante un sufragio si este no cumplía las demandas del pueblo. Todo esto quedó reflejado así en este sistema parlamentario, formando las 27 enmiendas americanas, las cuales tenían una fuerte influencia bíblica marcada por el puritanismo.

A esto se le sumó una enorme reforma educativa, fundando multitud de universidades de la talla de Harvard, Princeton y Yale, entre muchas otras en el esfuerzo de mantener las costumbres de educación liberal de Europa en el Nuevo Mundo.

También proliferó la educación pública norteamericana con respecto al sur de América, ya que en ese tiempo esta región se encontraba inmersa en los ideales de Trento, un concilio creado prioritariamente para depurar a los herejes, instaurando nuevamente la vieja Santa Inquisición y que, siguiendo fiel a esos postulados del Antiguo Régimen, buscaban dar alfabetización y educación solo a los privilegiados como lo eran el clero y la nobleza, para así centralizar el poder en Roma, las monarquías y las clases sociales privilegiadas.

Finalmente esto derivó en una gran diferencia de escolarización, de especialización y, por consiguiente, en el progreso de Norteamérica, que se desmarcó con respecto al del sur, algo que todavía a día de hoy está latente y es visible.

En la actualidad aún vemos el reflejo de ambas vertientes americanas en su desarrollo político, económico y social, y a pesar que ambos tuvieron revoluciones y cambios muy significativos e incluso a veces semejantes, no evolucionaron de la misma manera debido a que las raíces históricas y fundamentales eran muy distintas, dando así lugar a desarrollos muy dispares e irreconciliables hasta hoy.

Para el protestantismo la idea de Cristo era que la fe es suficiente para obtener vida eterna, siendo esta un regalo inmerecido dado únicamente por gracia y solo por amor del Creador hacia nosotros (Efesios 2:8-9; Juan 3:16). A partir de aquí, el trabajo o el mundo laboral que en la vieja doctrina era visto como una maldición adámica, siendo entendido así por la exégesis incorrecta del pasaje de Génesis 3:19, ahora fue visto  más bien como una forma de especializarse, autorrealizarse y aumentar en el crecimiento personal en pos de glorificar al Creador, utilizando esa tierra que Dios les había dado como estandarte para bendecir a todas las demás naciones del mundo (Génesis 12:2-3).

A día de hoy, este protestantismo que iluminó al mundo de antaño ha cambiado, se ha convertido en puro mercantilismo, se ha sincretizado con otras corrientes doctrinales como lo es la Nueva Era. Ha sido conquistado por el globalismo actual y por el progresismo en el que vivimos, impera el espectáculo, el timo, el engaño, el tele-evangelismo, la teología de la prosperidad, el misticismo y los cultos semejantes a circos ambulantes que inundan los templos que en el pasado fueron centros neurálgicos de sanidad, fortaleza y de unión en los cuales se dieron las circunstancias propicias para que se creara la declaración de independencia y aquella cosmovisión americana.

En consecuencia a este nuevo paradigma, las juventudes americanas de forma natural han ido rechazando y reemplazando paulatinamente aquella fe de sus predecesores. Esta crisis identitaria protestante está dando lugar a grandes cambios en la nación y esta se está debilitando progresivamente ante los ojos del mundo. En el pasado, este modelo que fue un referente en el que las democracias del mundo se miraron a modo de espejo, hoy parece estar dejando de suceder.

Estamos viviendo un tiempo de gran transición. Aquel viejo orden protestante se diluye, se desmorona, ha perdido casi completamente su identidad y por consiguiente su razón de existir. Verdaderamente estamos viviendo en un mundo que cambia, una época de transformación en cuanto a materia de fe, de política, de economía y de tecnología. Aquellos ideales de antaño han sido cambiados por lo llamado políticamente correcto. Ya nada de este discurso resulta atractivo para la opinión pública occidental.

Tras la caída del muro de Berlín en 1989 y el desmoronamiento de la URSS en el 1991 vivimos un hito histórico viendo el derrumbe de un sistema de gobierno que no funcionó (el socialismo), pero en 1992 aconteció la antesala de lo que se iría formando años después. Este socialismo de alguna manera logró transformarse y sobrevivir a ese derrumbe dando lugar a una serie de movimientos extraños y novedosos aparentemente inconexos que comenzaron a aparecer en distintas partes del mundo.

Estos, al amparo de las ONGs creadas repentinamente para dar publicidad a un ficticio relato precolombino fueron dando cabida a la aparición de grupos de movimientos indigenistas, a la “primera marcha del orgullo gay” alentada por el creciente feminismo radical de inspiración lesbomarxista y la subsiguiente ideología de género.

Se levantaron también organizaciones que llevaron a cabo sesiones en lo que denominaron “ecologismo popular” para debatir y confeccionar la estrategia ecológica mundial en reclamo de “la deuda global” que a día de hoy acaparan todos los medios sociales y educativos del planeta.

Situándonos sobre la base de la sociología crítica, esta establece que hemos de sospechar siempre que hay determinados intereses detrás de cada proceso social o movimientos que se levantan, es por eso que todo este clientelismo finalmente parece haber desembocado en esta nueva forma de ver el mundo actual.

Muchos aseguran con ilusión que será un tiempo de cambio positivo, que es y será todo para el bien común, la tolerancia y el progreso de la humanidad, que todos los avances actuales son necesarios y que aquella doctrina de “solo fe, solo la gratia, solo la Escriptura”, de ese anticuado cristianismo protestante que difundían los ideales americanos es algo ya del pasado y está totalmente desfasado, que es algo que está por desaparecer y no es ni necesario ni tiene cabida alguna en este mundo postmoderno. El tiempo dirá si ésta opinión popular es respaldada por el futuro que nos aguarda.

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