Hasél y los límites de la libertad de expresión

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«De la discusión sale la luz» – John Stuart Mill

Recientemente la Audiencia Nacional ha ordenado la entrada en prisión del rapero Pablo Hasél por una sentencia del Tribunal Supremo. Los delitos por los que se le condena a nueve meses y un día de cárcel son apología del terrorismo, injurias a la Corona e injurias a las instituciones del Estado. Lo primero que quiero destacar en este artículo es que no estoy necesariamente de acuerdo con lo expresado por Hasél ni en sus canciones ni en sus redes sociales. Tengo que decir que me gusta mucho el rap y también que no me gustan las canciones de Pablo Hasél. Honestamente jamás le había prestado atención hasta que empezaron las imputaciones judiciales.

Esto no va ni de su música ni de si se está o no de acuerdo, esto es algo mucho más importante que eso. Aquí, lo que importa realmente son nuestros derechos. Concretamente el derecho a la libertad de expresión y de los límites que se le puede poner. Este debate no es ni la primera ni la segunda vez que surge a lo largo de la historia de los regímenes políticos contemporáneos. Uno de los momentos clave para la consolidación de este derecho es sin duda alguna la formación de EE. UU. y los debates de los padres fundadores al respecto, no hay que perder de vista que la Primera Enmienda recoge precisamente este derecho:

«El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios.»

Uno de los mayores defensores en evitar los límites a la libertad de prensa, pese a ser consciente de los posibles abusos que ya ocurrían en su época, fue Thomas Jefferson. Según Jefferson, la opinión del pueblo es capital para mantener bajo vigilancia a los Gobiernos, orientarlos o censurarlos, y dicha opinión no puede formarse si no existe libertad de prensa. Los casos de abuso eran un riesgo asumible, puesto que el debate y la libre circulación de ideas terminaban reponiendo la verdad en su sitio.
También pensadores europeos como John Stuart Mill abordan la cuestión de los límites a la libertad de expresión. Mill plantea como idea básica la falibilidad de las ideas, es decir, que no existen las verdades absolutas, lo que hoy tenemos por cierto mañana puede dejar de serlo. En consecuencia no puede reducirse al silencio ninguna opinión ni idea, por más desacertada que nos pueda parecer. Además al limitar el derecho de exposición pública de las opiniones de cada cual, estaríamos negando el derecho de los demás a conocer la misma, y poderla contrastar con sus propias ideas. Mill sintetiza todo esto de forma maravillosa en una simple frase, «de la discusión sale la luz».

Entiendo que sea incómodo escuchar al que piensa distinto, y más si dice cosas tan duras o que pueden molestar a tanta gente como las que dice Hasél. Pero por encima de esto hay que hacerse algunas preguntas sobre dónde están los límites:

¿Se puede criminalizar a alguien por pensar distinto y expresarlo?, ¿nos podemos fiar de que sea el poder político el que fije los límites de lo que se puede o no decir?, y por último y no por ello menos importante, ¿hasta qué punto es eficaz la represión?

la primera pregunta, es evidente que se puede tanto como que no es democrático hacerlo. Y si no lo veis claro, acordaos de las primeras feministas. Que ellas acabaran en la cárcel hace que las mujeres hoy en día tengan derechos. Si las leyes tuvieran más importancia que la percepción de lo que es justo por parte de la ciudadanía, estas leyes resultarían estáticas y en consecuencia contaríamos con instituciones sociales tan deleznables como lo fue el apartheid, por ejemplo. Ojo, no todos los que proponen cosas aciertan, muchos dicen tremendas barbaridades. Pero es que para poder evidenciar a un idiota necesitas que hable. No necesito meterles en la cárcel, ni lo quiero, necesito poder derrotarles con palabras públicamente. Es demasiado peligroso para el propio dinamismo de la evolución social limitar lo que se puede o no decir.

Con respecto a la segunda cuestión, yo lo tengo muy claro. Ya lo decía Platón en La República, elegid a los mejores y vigiladlos como si fueran los peores. Y precisamente al entender cual es la naturaleza del poder político hemos comprendido con el tiempo que hay que crear contrapesos que los regulen, y uno de los más importantes es la libre circulación de ideas y pensamientos. Siempre es más sencillo crear los mecanismos que eviten la llegada de una tiranía que salir de ella.

Y con respecto a la última pregunta lo más curioso es que la represión no solo no funciona, es contraproducente. Es como apagar un incendio con cubos de gasolina. Voy a plantearlo como si fuera un ejercicio de análisis de políticas públicas. Si el Estado lo que busca es preservar la honorabilidad de las instituciones y que nadie se manifieste públicamente en unos términos similares hay al menos dos indicadores que podemos analizar para saber si la ley cumple su supuesto efecto de disuasión:

Un indicador a tener en cuenta es cómo afecta este tipo de actuaciones al mensaje de Pablo Hasél. La realidad es tozuda y los datos muestran claramente que cuanto más escándalo judicial y mediático hay, mayor es la visibilidad que se obtiene. Con respecto al otro indicador se puede observar que tras los diferentes procesos judiciales abiertos a varios raperos, Internet está más lleno que nunca de gente dispuesta a no callarse.

Quizá, eso de reprimir solo produce un efecto muelle y un efecto hidra, en resumen, justo lo contrario de lo que le gustaría al Estado.

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