Derecho y literatura

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128 personas han leído este artículo.DERECHO Y LITERATURA En las ficciones, que están ubicadas entre la vida misma y el pequeño firmamento de aquellas nobles

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DERECHO Y LITERATURA

En las ficciones, que están ubicadas entre la vida misma y el pequeño firmamento de aquellas nobles aspiraciones que ponen en evidencia que la realidad está mal hecha, no es difícil extraer un montón de información que permite en muchos casos, la modificación de la percepción para la redacción de leyes más justas.

La literatura, con sus ficciones distópicas que no están lejos del fenómeno que surca los cinco mares de un mundo real marcado por profundas injusticias, en el que muchos suicidas alegres esconden en sus profundos anaqueles anímicos un sentimiento trágico de la vida olvidado en muchos casos por el papel, nos extiende una invitación para cavilar en torno a la función que los justiciables deben desempeñar en el seno del mito colectivo; exhorta muchas veces a asumir el compromiso de actuar con bona fides en observancia del deber fundamental que debe orientar a todo aquel que se hace llamar jurista: buscar la justicia.

Además de todo ello, la literatura puede adiestrar a los que fungen de abogados para que se aproximen al misterio de la vida, para que adviertan los sinsentidos que en momentos de aflicción habitan en el alma. En La metamorfosis de Franz Kafka, la transformación de Gregor Samsa no obsta a la recolección de ciertos elementos extrapolables a una persona de carne y hueso, puesto que la expresión de la voluntad de vivir del espantoso insecto en una sociedad que entroniza en demasía las formas y la utilidad está latente en cada resquicio del alma de un hombre moderno.

Muchas veces, la ambición de un viejo labriego lo lleva al epílogo de su vida donde lo único que queda en el más acá es un cuerpo corroído por el tiempo, que solo necesita de una parcela de tierra de dos metros. Hablo del protagonista de ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, de León Tolstói.  

En ocasiones, el protagonista de una novela no alcanza a comprender el porqué asesinó a un hombre, vive enajenado de la realidad, recusando en vida las convenciones sociales, ajeno a todo tipo de consideración moral y es condenado judicialmente por ser tan franco y antisocial.  Este es el caso de Meursault, el protagonista de El extranjero de Albert Camus. En otros casos, el resquemor que siente un personaje ficticio puede ser dilucidado yendo a las raíces de la construcción de su subjetividad, me refiero al multifacético Harry Haller de la novela El Lobo Estepario de Hermann Hesse y a la puritana Gertrudis, de la obra Tía Tula de Miguel de Unamuno. Nada más cerca de lo real.

En relación a lo expuesto, Vargas Llosa se pronuncia y nos dice: No la ciencia, sino la literatura, ha sido la primera en bucear las simas del fenómeno humano y descubrir el escalofriante potencial destructivo y autodestructor que también lo conforma.”

Los abogados positivistas, que plantean que el Derecho es solo una lámina y reducen el fenómeno jurídico a su aspecto normativo, se distancian de la vida misma, de la condición humana, de los inconvenientes simples de las personas que integran su entorno y de las esperanzas de la gente sometida al imperio de la ley.

Por ello, uno de los lugares ideales de la literatura está en la malla curricular de una Facultad de Derecho. Claro, muchos opositores a la dimensión poética del Derecho vociferarán denuestos; cuesta alcanzar un grado de desarraigo de lo que Deleuze denominó la imagen dogmática del pensamiento, o de lo que Byung-Chul Han llamó el infierno de lo igual, que implica la exclusión de todo aquello que es distinto a lo comúnmente aceptado.

Un último enfoque es propuesto por Charles Fried, el cual plantea emparejar la Constitución con un poema de Shakespeare, aduciendo que las dos estructuras textuales poseen un carácter expresivo. En virtud de ello, participan del mismo milagro creador: “Probamos la afirmación de Shakespeare en el sentido de que la tinta negra puede engendrar el milagro de que el significado brille intensamente entre personas diferentes a través del tiempo. De igual manera, el trabajo de discutir acerca de la Constitución y acerca de la posibilidad de entenderla, prueba que tal discurso es posible (…)”.

La idea de este jurista estadounidense tiene que ver con la duración de la tinta negra, la persistencia de las obras plasmadas en el papel, como un modo de alcanzar la inmortalidad, tal y como el Marco Flaminio Rufo de Jorge Luis Borges logró alcanzar. Es un alegato a favor de la paridad entre las dos disciplinas en lo tocante a la pervivencia de las ideas y su carácter inteligible.

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